miércoles, 27 de octubre de 2010

Espontánea. Tiene mucho de verdad

Corrí tan rápido como pude y aún así no pude evitar que entraras a la clase de química que tanto te aburría, supe después que aula era magnánima y que ni siquiera préstate atención a lo que aquella profesora de lentes gruesos dictaba, que saliste por la puerta de atrás apenas yo te llamé, por aquel teléfono rojo del negocio que está en la esquina de la facultad, es un teléfono que pareciese nadie ocupara, pues ni el tipo del negocio sabia que lo tenía, me demoré exactamente 2 minutos en discar tu numero de celular que tenía anotado atrás de un libro de historia árabe que compre justo antes de ayer al viejo que me vende libros en la plaza. Me demoré dos eternos minutos por que no sabía que se le echaban dos monedas y no una al bendito teléfono.

Te imaginaba bajando las escalinatas, yo haciendo como que no te veía y que estaba concentradísimo en mi libro de geografía económica que no me servía de nada, pues estaba hecho con datos de hace veinte años atrás, te imaginé bajando rápidamente y abordándome por la espalda, tapándome los ojos y pidiéndome que adivinara la respuesta obvia de que eras tu.

Te presentí cruzándote por apenas unos metros de mi espacio vital, ignorándome por completo, esperando ver a otra persona, a otro tipo disfrazado de mi.

Solo estaba yo, disfrazado de mi.

Te acercaste lentamente, entrecerrando los ojos como yo entrecerraba el libro con el dedo índice entremedio para no perder la hoja que perdería medio minuto después cuando deje de lado el libro para abrazarte, con los ojos bien cerraditos esperando que tu los hubieras cerrado también. Nunca lo sabré.

Que dicha la mía. Estábamos tirados en el pasto de la facultad, esa facultad que nunca será mía, dios me libre. Éramos dos amigos, extraños pocos. Amigos de verdad, la verdad nunca lo dudé.

Me habías cancelado tantas veces, planes y planes de horas de cosas bien hechas, me sentí hasta como un administrador publico de citas. Ahora la religión era la espontaneidad, la oportunidad de simplemente salir de la rutina, o de estar rutinariamente juntos en algún lugar del espacio, confluyendo los dos juntos por alguna razón netamente personal entre los dos.

Si hubiera aprovechado para decirte que tus problemas en cierto sentido si me importan, aunque tu digas que son mínimos. Son mínimos, pero son problemas al fin y al cabo.

Todo el mundo los tiene y el mayor problema es rendirse ante ellos, aunque parezca que estoy escribiendo autoayuda.

Si te hubiera dicho sin pautas ni guiones todo lo que te quería decir. Que te quería decir que estaba alegre por el hecho de haber corrido tan rápido a pesar de andar con aquella chaqueta gruesa que me da un calor tremendo, pero que era perfecta para abrigarme un poco, ya que estaba muy resfriado y lo traté de disimular al máximo.

Que estaba feliz por solo ver tu pequeña, tu pequeña sonrisa, tus pequeños dientes blanquecinos que sobresalían de tus finos labios. Que me daba mucha risa el hecho de que cada dos minutos te subías el sostén y te arreglabas el escote, y que a pesar de que celibáticamente no quería mirarlo, lo miré todas las veces que disimuladamente te lo subías, y que también pensé en decirte que eres pésima tratando de disimular cosas.

Aunque eso no es cierto, nunca he podido adivinar tus sentimientos hacia mi, tampoco nunca he podido adivinar mis sentimientos hacia ti. Son una mezcla de admiración con amor, mucho amor y desasosiego. Que si me cancelaras veinte veces seguiría insistiendo en sacarte a pasear. Aunque siempre creo que conmigo no te ríes tanto que como te ríes con tus amigas, o tus amigos los ingenieritos. Pero no me importa, sé que de alguna manera respetas y valoras las salidas íntimas que a veces tenemos.

Esa barrera, era muralla mas grande que la china o que la pared que los tristes soviéticos construyeron en medio del territorio que alguna vez fue de Thor, esa muralla mas grande que esas dos y a la vez tan poco visible, me arriesgo a chocarla y pareciera que a veces te hablo mientras estampo la línea de los labios en ese helado concreto social.

Como explicarte que no me quiero ir tan lejos, que me iría, pero no me voy solo.

Te imaginé de blanco, te imaginé con guatita, te imaginé en miles de casas con miles de rosas de miles de jardines de miles de patios de miles de ciudades de muchos países. Pero siempre conmigo.

Que no puedo concebir la vida sin política, sin amor y sacrificio. Pensamos igual, pero aplicamos distinto. Tu frente al altar y yo frente al pueblo, el altar del pueblo.

Que estupideces pienso por segundo, es una cantidad enorme de tonterías que ni siquiera tu por amor podrías leer, ese amor que doy por sentado. Si tan solo me dijeras.

Pared de rencores de ayeres atardecidos me recorren, plagadas de enredaderas de nomeolvides me coartan las tripas y no me dejan pasar. Caminas lento y a mi lado, tu mano extendida cual pétalo hoja suelta y ahí es cuando la imaginación me cuenta de aquella vez que te reías de mi cuando se me quemó el pan tostado o se me tostó el pan quemado, mientras usabas esa camisola grande que era de mi madre y tomabas café en mi taza de losa fina, que solo usaba para tomar jarrones de té por las tardes y no me importó.

Cuando te vi en aquella rareza de lugar donde no se por cual razón yo andaba bebido apenas de unas cuantas y tu trabajabas en algo que no recuerdo tenía que ver con el alma y yo que no entendía nada, solo tu expresión me mató. Fui el inoportuno de siempre y ahí imagine que te tomaba la mano y te dejaba en la esquina.

Cruzando la calle, su pupila atravesada por el sol se entrecruza con la mía, no somos perfectos ni extraños, simplemente no nos conocemos. Me doy vuelta en 46,3º grados hacia la costa, mi ojo revoltea para alcanzar a apreciar los rizos que el viento de la calle le levanto, los autos pasan rápido. Ahí te conocí.